Son las tres de la
tarde. Floresta, barrio de Buenos Aires. Hace calor, poca gente en la
calle. Una madre, joven, regresa de su trabajo. Ya está cerca de su casa
donde la espera su hija de diez años. Piensa en que tiene que apurarse
para darle de comer. Repentinamente un pibe de unos doce años se
interpone en su camino. Tiene un arma apuntándole. “Dame la plata que
tengas”. Está muy nervioso, ¿excitado?. La señora reacciona
instintivamente y le toma la cara con
las dos manos. “¿Qué necesitás?. ¿tenés hambre?, ¿querés para comer?”.
Mantiene sus manos en la cara del pibe que no baja el arma. ¿lo
acaricia? .“Justo voy a mi casa, sabés, tengo una hija de tu edad, a la
que le voy a dar de comer”. “Caminemos”, contesta el pibe mientras
guarda el arma. Recorren juntos una cuadra. “Andate”, le dice el pibe.
La madre empieza a caminar cuando el pibe ve un policía en la esquina
cercana. “¿Me vas a denunciar?”. “No, no le voy a decir nada”
tranquiliza la señora. “¿Sabés?” –dice el chico-, “te dejo ir porque me
miraste a los ojos, hacía mucho que no me miraban a los ojos”.